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  El sitio de Raúl Trejo Delarbre

 

Medios

Una definición

 

Este texto forma parte del Léxico de la política compilado por Laura Baca Olamendi, et. al., para el Fondo de Cultura Económica y otras instituciones y publicado en 2000.

 

Raúl Trejo Delarbre [1]

 

Todos entendemos qué son los medios. Los presenciamos, sintonizamos, recibimos, padecemos y disfrutamos o sobrellevamos todos los días. Son parte insustituible de la sociedad contemporánea, de la cultura de masas y de la política moderna: ninguna de las tres podría entenderse, ni ser lo que han llegado a ser, sin los medios de comunicación. Pero con los medios ocurre, por esa misma omnipresencia y por la familiaridad que les tenemos, algo similar a lo que nos sucede con el aire, o con el sol: todos los conocemos, pero en definiciones se rompen géneros.

   Cuando nos referimos a los medios, aludimos a los espacios de comunicación de masas que propagan mensajes a grandes públicos: prensa, cine, radio y televisión. Los medios implican audiencias y éstas, a su vez, recursos técnicos para recibir los mensajes a través de aquellos instrumentos de propagación masiva.

    El término viene del latín medium, pero es de uso frecuente el vocablo media, empleado según la acepción inglesa, que se refiere a la comunicación que llega a auditorios numerosos, o a las técnicas modernas de difusión masiva. En el sentido anglosajón, a los medios se les entiende fundamentalmente como los mecanismos de difusión “que alcanzan al público en general y que contienen publicidad” [2]. En otros contextos culturales, se les prefiere definir como “los mecanismos de distribución de las obras del espíritu o los instrumentos de comunicación entre los hombres” [3].

   Como quiera que sea, a los medios se les ubica como portadores de mensajes. “Los medios de comunicación masiva --explicó Janowitz--. comprenden las instituciones y técnicas mediante las cuales grupos especializados emplean recursos tecnológicos para difundir contenidos simbólicos en el seno de un público numeroso, heterogéneo y disperso” [4]. Dicho de manera directa, un medio de comunicación es “todo instrumento o soporte de mensajes” [5].

  Los medios conducen mensajes entre una entidad que los produce y sus destinatarios, que los reciben. Cuando son de comunicación de masas, los medios llevan mensajes propagados por empresas de información a públicos amplios: unos pocos, difunden para muchos más. En todo caso, se les entiende, precisamente, como intermediarios en esa diseminación (que no intercambio) de contenidos. Son el continente que difunde tales mensajes. De esa manera, a los medios se les define: a) por su carácter de intermediarios en el proceso de la comunicación y b) por los recursos tecnológicos que hacen posible la propagación de tales contenidos en las sociedades de masas.

   Los medios masivos son “canales artificiales que el hombre ha creado para llevar sus mensajes a auditorios representativos” [6]. Su existencia misma, indica un desarrollo tecnológico y además, un funcionamiento corporativo o empresarial. Los medios, así: “Por lo general necesitan para su desarrollo de organizaciones estables, profesionales y complejas. En otras palabras, se requiere de vigilancia financiera, de considerable personal humano especializado en diversas áreas y de controles normativos y administrativos” [7]. Pero más allá de esos reconocimientos, hay autores que consideran prioritario el mensaje, por encima del medio mismo. El profesor venezolano Antonio Pasquali, advierte contra la tendencia a conceder demasiada importancia a los medios en sí, incurriendo en el error de “creer que el desarrollo tecnológico de los modernos medios de comunicación es el factor desencadenante de un problema de comunicaciones antes inexistentes... Las nuevas tecnologías sólo han expandido una función, la de comunicarse, que es esencial, permanente e inherente a la naturaleza social del hombre. Los nuevos medios... sólo han venido a ampliar una capacidad preexistente y a facilitar una función esencial, no a engendrarla” [8]. Para ese autor, “el problema esencial sigue siendo el de la comunicación humana y no el de los medios o de su desarrollo”.

   Es difícil disociar a los medios, de los contenidos que comunican. Con frecuencia, unos y otros se confunden, difuminando la importancia de los mensajes. Y estos, a su vez, suelen tener formatos e intencionalidades que dependen de las concepciones y los intereses de las organizaciones (empresas o instituciones) capaces de difundir mensajes de manera masiva. López Veneroni ha explicado que: “En efecto, los medios masivos, en sí mismos, sólo entrañan una sustancialidad tecnológica. Lo que los hace objeto de interés social es su uso; éste... está determinado por las condiciones económicas y sociopolíticas de las formaciones sociales en las que aquellos emergen. De ahí se sigue que lo que en verdad se estudia, desde una perspectiva social, es su uso económico, político, educativo, psicológico, la estructuración de mensajes y el régimen legal en el que los medios están circunscritos” [9].

   De hecho, la intensa circulación de capital que hay en y alrededor de las industrias de la comunicación, ha propiciado la creciente aglomeración de medios de diversos géneros en corporaciones mediáticamente versátiles y capaces de trascender fronteras. Los grupos multimedia, en ocasiones con capitales asentados en varias naciones, son la expresión más reciente e influyente del ascendiente ideológico, comercial y político de los medios.

   Los medios de comunicación de masas son un fenómeno del siglo XX. El cine y la radio alcanzaron una presencia social intensa en los años veintes y treintas y la televisión, cuando ya se había cumplido la primera mitad del siglo. Los medios, de esa manera, han tenido un crecimiento paralelo al desarrollo económico y cultural de las sociedades contemporáneas. Mientras mayores son la circulación de capital y la riqueza financiera de un país, mayor suele ser el acceso de sus habitantes a los medios. Ello no significa que, por sí solos, los medios sean productores de bienestar material en las sociedades para las cuales difunden sus mensajes.

 

Autoritarios, paternalistas, comerciales y democráticos.- Los medios contribuyen a moldear el contexto político en el que se ubican pero, antes que nada, ese contexto determina limitaciones o garantías para la libertad de expresión. El especialista británico Raymond Williams, llegó a considerar que la principal distinción entre  medios de comunicación se reduce a si están controlados, o son libres. En realidad, siempre existen controles sobre los medios: perspectivas profesionales o políticas de quienes trabajan en ellos, intereses de las empresas de comunicación y de quienes contratan espacios en ellas, presiones de los diversos actores del sistema político, regímenes jurídicos, convicciones éticas, exigencias o inercias de parte de los públicos. Esas y otras condiciones, determinan las condiciones para la expresión a través de los medios. Pero de acuerdo con la condición que guarde la siempre tirante cuerda entre control y libertad, Williams clasificó cuatro tipos de sistemas de medios: A) Autoritario, en donde los medios “son considerados como una parte del engranaje total mediante el cual una minoría gobierna a una sociedad”; B) Paternalista, que es “un sistema autoritario con una conciencia, es decir, con unos valores y unos objetivos que están más allá del mantenimiento de su propio poder”; C) Comercial, en donde “en lugar de decir que estos medios sirven para gobernar o dirigir, se declara que los hombres tienen el derecho de poner a la venta cualquier tipo de trabajo, y que todo el mundo tiene el derecho de comprar todo lo que se le ofrece” y D) Democrático, que en su sentido más pleno “sólo podemos discutirlo e imaginarlo” y que: “Está en firme oposición al control autoritario de lo que puede decirse, y contra el control paternalista de lo que debería decirse. Pero también es contrario al control comercial de lo que puede decirse con beneficio, porque esto también puede ser una tiranía” [10].

   Medios fríos y calientes.- En 1964, el canadiense Marshall McLuhan clasificó a los medios según la intensidad con que sus mensajes son percibidos por los públicos: “Existe un principio fundamental que distingue un medio cálido, como lo es la radio, de otro frío, cual la televisión. Es un medio cálido el que prolonga o amplía un solo sentido en ‘alta definición’. Alta definición es el estado del ser bien abastecido de datos. Visualmente, una fotografía es de ‘alta definición’. Una caricatura es una ‘definición baja’, por la sencilla razón de que proporciona muy poca información visual... los medios cálidos son de poca o baja participación, mientras que los medios fríos son de alta participación, para que el público los complete” [11]. La radio es un medio cálido porque ofrece mucha información y entonces sus escuchas tienen un comportamiento pasivo. La televisión sería, en esos parámetros, un medio frío en tanto que la información que transmite es fragmentaria y, visualmente, de menor calidad que el cine.

   Si bien discutible y en muchas ocasiones refutada por la cambiante realidad de la comunicación de masas, la teoría de McLuhan sobre los cálidos y fríos tuvo el mérito de reconocer la importancia sustantiva de los medios desde comienzos de los años sesenta. A diferencia de otros enfoques metodológicos que atendieron más al proceso de comunicación, ese pensador canadiense puso el énfasis en el carácter sustantivo de los medios y aquilató su importancia de acuerdo con la capacidad que tienen para conmover a las sociedades de masas y a los individuos que las integran. De allí derivó su también polémica fórmula el medio es el mensaje, para decir que los rasgos de un medio moldean al contenido que se transmite a través de él.

   Los juicios de Marshall McLuhan ha sido insistente y duramente cuestionados. Pasquali los ubica en una dimensión ideológica conservadora y advierte que: “La tesis de que el medio predetermina fatalmente el mensaje y la relación de comunicación, haría de esta última una función dependiente y accesoria del aparato tecnológico –supuestamente dotado de leyes autónomas de funcionamiento--  y está destinada a encubrir la dimensión antropológica, social y política del problema” [12].

 

Calidad de los mensajes.- Las sociedades contemporáneas se desarrollan, cohesionan, divergen, se movilizan, manifiestan o dejan de exteriorizar consensos, a través de y delante de los medios. Estos, son fuentes de mensajes culturales, educativos, de esparcimiento y/o informativos. Una de las más frecuentes polémicas al respecto, es sobre la calidad de los mensajes que suelen propagar los medios. Por un lado, los medios son industrias culturales que no acostumbran desempeñarse según el interés o el beneficio público, sino para hacer negocio. La calidad de los mensajes, así, suele quedar subordinada a los costos de producción y, al mismo tiempo a la complacencia de los públicos, que no es frecuente que sean perspicaces, exigentes o participativos.

   Otra discusión no resuelta, es la de la posible influencia de los medios en las conductas de la sociedad. Con insistencia se dice que las actitudes individuales o colectivas de disrupción del orden institucional suelen ser propiciadas por los medios, especialmente la violencia en las ciudades. Cuando cumple 18 años, un joven estadounidense promedio ha visto en la televisión cerca de 200 mil actos de violencia, incluyendo 16 mil asesinatos [13]. Sin embargo, no hay suficientes evidencias de que la violencia en los medios provoque, por sí sola, conductas violentas entre sus receptores. Lo que sí es altamente posible, es que los contenidos agresivos influyan de manera especialmente catalizadora sobre individuos o incluso grupos proclives a comportamientos impulsivos. La discusión sobre si los medios “inyectan” conductas determinadas en sus públicos, como si fueran una aguja hipodérmica, ha sido de las más frecuentes en el examen académico de la comunicación. Una de las vertientes menos investigadas en ese campo, es la de los efectos reales de los medios sobre los lectores, radioescuchas o televidentes.

 

Industrias culturales. Manipulación y liberación.- El del contenido que propagan, es el asunto más polémico cuando se estudia a los medios. Los autores de o ubicados en la tradición de la Escuela de Frankfurt (especialmente Theodor Adorno y luego Herbert Marcuse) identificaron contenidos ideológicos clasistas en los medios, a los cuales prefirieron denominar industrias culturales. Los medios, así entendidos, funcionarían como aparatos ideológicos de Estado (el término fue promovido por Louis Althusser) para legitimar al sistema capitalista y reprimir así la toma de conciencia de las clases subordinadas. Esa concepción de las industrias culturales como instrumentos intencional y devastadoramente manipuladores, fue muy útil para desmitificar la concepción de los medios como propagadores inocentes de mensajes, especialmente de entretenimiento. Pero ha tenido limitaciones, al oscilar entre el pesimismo paralizador y la magnificación totalizadora de las aptitudes de los medios masivos.

   Emparentada críticamente con esa vertiente, pero buscando un sesgo que no fuese fatalista, Hans Magnus Enzensberger reconoció capacidades “manipuladoras” y “liberadoras” de los medios de comunicación. El uso “represivo” de los medios masivos, comprendería a) Programación controlada centralmente; b) Un transmisor, muchos receptores; c) Inmovilización de individuos aislados; d) Conducta pasiva del consumidor; e) Despolitización; f) Producción a cargo de especialistas y g) Control de capitalistas o burocracia. De la misma forma, un uso “liberador” de los medios masivos, implicaría: a) Programación descentralizada; b) Cada receptor un transmisor potencial; c) Movilización de las masas; d) Interacción de aquellos involucrados, retroalimentación; e) Un proceso de enseñanza política; f) Producción colectiva y g) Control social por organización autónoma [14].

 

Cultura para el mercado.-  La disputa por los medios se ha convertido en propósito de todas aquellas fuerzas –políticas, financieras, ideológicas, religiosas— que quieren influir en las sociedades contemporáneas. Pero además, la masificación de los mensajes ha propiciado nuevas formas de creación y propagación de la cultura. Para Umberto Cerroni, “Con los mass media la industria cultural adquiere dimensiones inusitadas, es decir, la producción intelectual destinada principalmente al mercado, o la producción de mercancías de contenido no comercial... La televisión ha concentrado y vuelto esenciales las teorizaciones de la industria cultural y ha sido por tanto golpeada por la crítica por su difusión hoy universal, consuetudinaria, doméstica. En la otra vertiente el producto televisivo ha tratado de poner barricadas para defender su dignidad detrás de la especificidad de sus técnicas y de su mercado valiéndose de la coartada del índice de agrado” [15]

 

Videopolítica.- Legitimados por el rating y omnipresentes en las sociedades contemporáneas, los medios son instrumentos y –también— actores en la política de nuestros días. Giovanni Sartori denominó videopolítica [16] a la enorme influencia de los medios en la definición de las relaciones políticas en la actualidad: “es la fuerza que nos está modelando”. De manera paralela a la decadencia de los partidos, los medios de comunicación se erigen en los espacios privilegiados para procesar consensos, propagandizar aspiraciones y sobre todo, consolidar a la vez que abatir figuras políticas. La imagen desplaza a las ideas y las técnicas del marketing al discurso político al menos tal y como hasta ahora se le había concebido, en virtud de la preponderancia de los medios.

   En regímenes autoritarios, el uso de los medios tiende a reforzar actitudes despóticas o absolutistas. “La videopolítica no es una prerrogativa de la democracia. El poder del video también está a disposición de las dictaduras” [17], reconoció más tarde ese politólogo italiano. Pero los medios, no hay que olvidarlo, son a la vez protagonistas e intermediarios de los acontecimientos públicos. De la misma forma que empleados con criterios de arbitrariedad e intolerancia pueden reforzar posiciones autoritarias, el efecto que tienen al propagar experiencias de las sociedades abiertas ha sido definitorio en la abrogación de regímenes dictatoriales. En la antigua Europa del Este la difusión de los medios occidentales, especialmente la televisión, fue definitiva para propiciar las condiciones que llevaron a la caída del Muro de Berlín.

 

Verosimilitud e información.- La principal función política de los medios, es como canales para transmitir informaciones. “En una sociedad de masas –estiman Blake y Haroldsen— los medios masivos se consideran fuentes de noticias verificadas. Así, si bien las noticias difundidas por quienes actúan dentro de una organización compleja que se conoce como medios masivos tal vez de hecho, sean falsas, lo importante es que el relato pueda rastrearse a su fuente. En gran medida esto asegura a la sociedad, bajo amenaza de desenmascaramiento, que los relatos tenderán a ser verídicos o que los miembros del auditorio, al conocer la fuente, podrán identificar en ellos ciertas tendencias (intentos de manejar a otros) o censura” [18].

   Uno de los indicadores de la madurez o del desarrollo cívico de una sociedad, es su capacidad para discriminar entre unos y otros medios. Cuando están en condiciones de distinguir entre diferentes formatos e intencionalidades en los mensajes de los medios que tienen a su alcance y así, de favorecerlos con su preferencia o sancionarlos con su indiferencia, los públicos están en posibilidad de influir sobre los contenidos que difunden las empresas de comunicación. Ello supone que haya competencia entre los medios que difunden mensajes delante de una sociedad determinada. Sin embargo, como en la economía, en el terreno de los medios la competencia perfecta es más una aspiración teórica que una posibilidad frecuente.

   Para que exista un auténtico mercado de mensajes capaz de auto-moldearse en correspondencia con las necesidades y exigencias de la sociedad, se requiere no sólo de empresas mediáticas en condiciones de equidad tales que puedan balancear mutuamente sus respectivas influencias sino, también, de espectadores con niveles de información, discernimiento y crítica suficientemente aguzados para interactuar con esos medios. El reputado investigador Ben H. Bagdikian, conocido cuestionador de los excesos corporativos de los medios, ha escrito que: “La dimensión apropiada para los medios en un país es cuando, a través del examen y el reportaje, incrementan el entendimiento de las realidades importantes y cuando, a través de la presentación del espectro de pensamiento y análisis más amplio posible, crean una adecuada reserva de conocimientos al interior del proceso social. Los medios pueden producir entretenimiento y vender mercancías pero si, además, no crean un fértil mercado de ideas y de información seria, fracasan en una función cardinal. La diversidad y la riqueza en los medios no son adornos de una democracia, sino elementos esenciales para su sobrevivencia” [19].

  

Legislación y autorregulaciones.- Desde 1952, una Subcomisión de las Naciones Unidas dedicada a la evaluación de los medios y sus consecuencias sociales y políticas, propuso un Código Internacional de Ética Periodística. Iniciativas similares han sido presentadas, desde entonces, en numerosas naciones. En algunos países y regiones, hay códigos con normas que se sugieren para propiciar la escrupulosidad, la veracidad y el respeto a garantías individuales en la cobertura y publicación de informaciones en los medios. Esos códigos, suelen ser instrumentos de autorregulación por parte de los operadores o trabajadores de los medios.

   De manera paralela, se han conocido y en algunos casos promulgado como leyes específicas, iniciativas para regular la propiedad de empresas de comunicación, el respeto a la privacía de los ciudadanos y el acceso al derecho a la información. En 1980 se dio a conocer el Reporte McBride, auspiciado por la Unesco [20], que fue el eje de una extensa pero inacabada discusión internacional sobre los nuevos desafíos jurídicos y éticos que implican el desarrollo corporativo y tecnológico, así como la influencia pública, de los medios de comunicación.

 

Medios alternativos.- Como respuesta a las dificultades de distintos grupos sociales para tener acceso a los medios de carácter eminentemente comercial y en ocasiones con el propósito explícito de enfrentarlos, en algunos casos se han creado medios alternativos, o que pretenden serlo. Cine marginal, radios libres, prensa alternativa o redes de video no convencionales, han sido algunos de los recursos frecuentados por grupos de activistas sociales o políticos, con resultados muy variados y con una eficacia casi siempre efímera. Tesis como las de Enzensberger antes mencionadas, otorgaron respaldo conceptual a esas experiencias, sobre todo en la década de los años 70. Su principal limitación, radicaba en la fortaleza institucional y tecnológica de los grandes medios ante la cual, casi siempre, acabaron por desaparecer esos medios alternativos.

 

Nuevos medios. La Internet.- El desarrollo tecnológico ha permitido la existencia y propagación de formas de comunicación que no obedecen, al menos en todos sus rasgos, a las definiciones convencionales y cuya trascendencia social y política es aún incierta. La red de redes de cómputo Internet, se desarrolló en los años setenta inicialmente como un proyecto militar de los Estados Unidos pero más tarde las comunidades académicas y luego otros sectores de la sociedad se apropiaron de ella, hacia el comienzo de los 90. La Internet ha tenido un crecimiento geométrico, pero el acceso a esa colección de sistemas informáticos todavía es privilegio de las naciones más desarrolladas y de las élites que, en otros países, tienen recursos suficientes para conectarse. Las cifras al respecto son variables, pero se estima que para el año 2000 habrá en todo el mundo unos 80 millones de usuarios de la Internet y quizá 10 millones de páginas web, de entre las cuales varios millares estarán dedicadas a publicitar y discutir asuntos de carácter político. Hay quienes discuten que la Internet sea un medio de comunicación de masas. De hecho sirve para propagar, pero con destinatarios casi siempre inciertos, mensajes de toda índole, todavía con una versatilidad y una libertad que no existen en los medios convencionales. En la red de redes, además, hay una posibilidad de interacción que es poco frecuente en los grandes medios masivos como la radio y la televisión. Pero también allí, las grandes corporaciones y especialmente los grupos multimedia tienden a ganar espacios y audiencias, por encima de los esfuerzos de individuos y grupos ciudadanos.

 

Espejos de la realidad.- En otro sitio hemos concluido una discusión sobre los efectos políticos de los medios, anotando que ellos, valga la insistencia, son precisamente eso: instrumentos que pueden ser empleados en uno u otro sentido, intermediarios. No sustituyen a la política; le dan cauces, ritmos y formas nuevas, pero por mucho que se hayan impuesto a los partidos, los candidatos e incluso a los gobernantes, lo que propagan son intenciones para moldear de una manera o de otra, a la realidad. Por eso es de la mayor importancia no olvidar que los medios son espejos de la vida, no la vida misma [21].

 

Marzo de 1998

 

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[1] Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

[2] Webster’s New World Dictionary of the American Language. Avenel Books, N.Y., 1971, p. 466.

[3] Pierre Albert, Lexique de la Presse Écrite. Dalloz, París, 1989, p. 118.

[4] M. Janowitz, “The Comunity Press in an Urban Setting” (Glencoe, Free Press, 1952), citado por Denis McQuail en Sociología de los Medios Masivos de Comunicación. Traducción de Silvia Kutnowsky. Paidós, Buenos Aires, 1972, p. 14.

[5] Jaime Goded, 100 Puntos Sobre la Comunicación de Masas en México. Juan Pablos, México, 1985, p. 157.

[6]  Carlos González Alonso, Principios Básicos de Comunicación. Trillas, México, 1992, p. 33.

[7]  Ibid.

[8]  Antonio Pasquali, Comprender la Comunicación. Monte Avila Editores, Caracas, 1978, pp. 35-36.

[9] Felipe López Veneroni, Elementos Para una Crítica de la Ciencia de la Comunicación. Trillas y Felafacs, México, 1989, p. 26.

[10] Raymond Williams, Los Medios de Comunicación Social. Traducción de Manuel Carbonell. Península, Barcelona, 1978, pp. 123-129.

[11] Marshall McLuhan, La Comprensión de los Medios como las Extensiones del Hombre. Traducción de Ramón Palazón. Diana, México, 1969, pp. 46-47.

[12] Pasquali, ibid.

[13] American Medical Association, “Facts about media violence”. www.ama-assn.org/ad

[14] Hans Magnus Enzensberger, “Integrantes de una Teoría de los Medios Masivos de Comunicación”. Traducción de B. Díaz y R. Tapia (sic), en “La Cultura en México”, suplemento de la revista Siempre!. México, 28 de junio de 1972.

[15] Umberto Cerroni, Política. Método, Teorías, Procesos, Sujetos, Instituciones y Categorías. Traducción de Alejandro Reza. Siglo XXI, México, 1992, p. 142.

[16] Giovanni Sartori, “Videpoder”, en su libro Elementos de Teoría Política. Traducción de Ma. Luz Morán. Alianza Editorial, Madrid, 1992.

[17] Giovanni Sartori, “La Opinión Teledirigida”. Traducción de Valentina Valverde. En Claves de razón práctica, No. 79, Madrid, enero-febrero 1998. Ese texto forma parte del libro Homo Videns. La Sociedad  Teledirigida. Taurus, Madrid, 1998.

[18] Reed H. Blake y Edwin O. Haroldsen, Taxonomía de Conceptos de la Comunicación. Traducción de Leticia Halperin Donghi. Nuevomar, México, 1977.

[19] Ben H. Bagdikian, “The U.S. Media. Supermarket or Assembly Lyne?”, en Shanto Iyengar y Richard Reeves, eds., Do the Media Govern? Politicians, Voters and Reporters in America. Sage Publications, Thousand Oaks, Ca., 1997, p. 66.

[20] Sean McBride y otros, Un Solo Mundo, Voces Múltiples. Comunicación e Información en Nuestro Tiempo. Traducción de Eduardo L. Suárez. Fondo de Cultura Económica, México, 1988.

[21] Raúl Trejo Delarbre, “Teatralidad Política y Realidad Virtual. El Televisor, el Ordenador, el Poder y los Medios”, en Comunicación Social 1996 / Tendencias. Fundesco, Madrid, 1996, p.239.